El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) se caracteriza por dañar las células del sistema inmunológico y, en los estadios más avanzados de la infección, es el causante del desarrollo del sida. Se puede transmitir por las relaciones sexuales vaginales, anales u orales, la transfusión de sangre contaminada o el uso compartido de jeringuillas, así como de la madre al hijo durante el embarazo, el parto y la lactancia.
El VIH fue identificado entre 1981 y 1986, período en que se consiguió aislar, desarrollar un test de detección y obtener el primer fármaco, el AZT.
Hasta 1996 la enfermedad se extendió y llegó a una mortalidad del 95% de los infectados, pero aquel año, el descubrimiento del tratamiento antirretroviral hizo que desde entonces se redefiniera el sida como una enfermedad crónica y no mortal. En este sentido, es importante tener en cuenta que, a día de hoy, la infección por VIH no se cura, los tratamientos actuales únicamente dificultan la multiplicación del virus y sólo son eficaces si se toman de la forma indicada.
Según la Organización Mundial de la Salud, actualmente 33,3 millones de personas viven con el VIH en todo el mundo, cuando en 1999 eran 26,2 millones y en España, treinta años después de su descubrimiento, aún se infectan unas 3.000 personas al año.
